¿Qué es eso que te pone tan nerviosa al hacer una presentación? ¿La posibilidad de quedarte en blanco? ¿Crees que puedes hacer el ridículo? ¿Saber que vas a ser el punto de mira de alguna decena de pares de ojos? ¿Es tu aspecto y el qué dirán? ¿Tratas de quedar bien? ¿Intentarás no parecer tonto? ¿Crees  que hay gente en la sala que sabe más que tú del tema? ¿Intentas no parecer demasiado simple o demasiado espesa? ¿La posibilidad de no caer bien o de no gustar a todo el mundo? ¿Nervioso porque noten que estás –efectivamente- nervioso? ¿Qué se te va a notar que te tiembla la voz?

Vas bien encaminado. Pero todo eso no cuenta. Solo cuenta lo que parece. Y solo lo que parece a los demás, no a ti. Lo que te parezca a ti importa un pimiento…o menos. Una presentación es un juego de percepciones. Si estás ahí de pie para contar algo, es que todos los que han ido a escucharte (y verte), no saben algo de lo que vas a contar. Y si alguien (cree que) lo sabe todo, será una minoría. Pero normalmente no es así.

Y qué si te tiembla la voz. Y qué si te quedas en blanco. ¿Crees que eres la única persona a la que le ha pasado?. Nos pasa a todos. Antes o después. Se trata de que la situación no pueda contigo. Ríete. ¿Te has quedado en blanco? ¿Por dónde iba…? Tira de ellos, son gente como tú.

¿Te crees el centro de atención de todas las miradas? 

Pues sí, lo eres. Es tu oportunidad…¡aprovéchala!

Cuando veo esta combinación explosiva en un escenario, sé que no hay técnica ni curso para hablar en público que la supere. Lo he vuelto a vivir.

Hace unas semanas tuve la fortuna –esto sí que es riqueza- de estar en el primer encuentro de The Knowmads Hub en el hotel Reserva del Higuerón de Málaga, donde se concentraba la mayor colección de talento que he presenciado nunca. Y no hablo sólo de talento profesional sino, sobre todo, humano.

Unos cuantos de estos Knowmads compartieron con el resto una parte de sus experiencias y de sus conocimientos, de su pericia y de su vocación. Desde el arte hasta la ciencia, del diseño a la aventura, del cerebro al músculo, de la empresa al mentalismo, de la música a la cerveza…polos lejanos de temas tan dispares como desconocidos y atractivos. Allí se vio eso.

Para cualquiera que no esté ya pelado de dar conferencias ante un público numeroso, mantener el interés de la audiencia es un reto considerable –aunque también estimulante, debo decir...

En circunstancias normales, ya supone un esfuerzo monumental preparar una buena exposición: elegir bien los contenidos, estructurarlos y ordenarlos, diseñar los apoyos visuales, ensayar la puesta en escena personal… y, si no se tiene costumbre de hacerlo, superar la fase de ansiedad los días previos al acto y los nervios lógicos del día D.

Con toda la carne puesta en el asador, el presentador -consciente de la trascendencia del acto- se empleará a fondo para persuadir y entretener a su ávida clientela; luchará contra la monotonía y contra sus propia inseguridad; querrá mantener la atención e interés de la gente a toda costa. Querrá triunfar.

Pero, en algunos de los últimos eventos a los que he asistido, el ponente ha tenido que luchar también contra un enemigo monstruoso, puesto ahí por los propios organizadores del acto, no se sabe bien por qué espurios motivos: los tweets en directo, proyectados en la pantalla, a espaldas del presentador… Otro foco más de distracción, muchas veces más poderoso que la propia conferencia, que aprovecha los mínimos detalles de la ponencia, buenos y malos, para generar contenidos.

Enseñar pasión

Cuando imparto formación sobre cómo presentar de una forma solvente, no me concentro exclusivamente en entrenar a los profesionales en las técnicas para hacerlo. De hecho, esto sería inútil e irrelevante, no serviría de nada si no los convenciera de la utilidad real de lo que estamos haciendo, de la enorme trascendencia que conlleva el aparentemente simple acto de presentar. 

Entusiasmo es lo que busco en ellos. Sembrar la pasión por el éxito de una exposición brillante; encontrar la satisfacción que da el haber dado un paso más allá de nuestra zona de confort, hasta llegar a ampliarla más y más.

Me gusta desatar esa inyección de adrenalina del “me arriesgué, lo hice y triunfé”. Me mueve el ayudar a dejar atrás ese ámbito de comodidad y buscar nuevas fronteras que cruzar, contagiar las ganas por seguir evolucionando y mejorando en lo que hacemos.

¡Es tan frecuente oír que dicen yo no soy así, cuando la entrega en cuerpo y alma en una presentación nos fuerza a dar lo mejor de nosotros mismos…! Y luego, llegar a la conclusión de que tenían una percepción errónea de sus capacidades, de que realmente sí que pueden ser así…cuando presentan.

Cada persona con su estilo, con su carácter y personalidad, puede llegar a transformarse y transformar a la audiencia, conducir sus creencias, sentimientos y acciones. Si entras en esta formación, hazlo con la fe y las ganas de cambio. Es un esfuerzo sembrado que devuelve con creces la apuesta.

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