La importancia de la simplicidad

Dijo Einstein que “hay que hacerlo todo lo más simple posible, pero no más simple que eso”. 

Es simple, esta simple sentencia. Porque no hablamos aquí de la simplicidad que deriva de la pereza o de la falta de esfuerzo; ni de esa simplicidad tontorrona, que ignora lo difícil y oculta verdades por ignorancia. 

La simplicidad es un arte complejo. Es reducir la densidad de una cuestión para llevarla hasta tu esencia, sin perder profundidad ni evidencia, para convertirla en algo más cautivador que el todo al que representa. 

 

La simplicidad en la comunicación a veces no es fácil de ver o de percibir. Cuando estás ante un orador que sabe manejar la simplicidad, tanto en su expresión oral como en los apoyos visuales de que se acompaña y hasta en el comportamiento no verbal de su puesta en escena, sientes que la información fluye hacia ti con naturalidad y sensibilidad. Como si tuviera que ser así y no de cualquier otra forma.  Esta elaborada sencillez es fruto del esfuerzo del comunicador para transmitirte la esencia de sus intenciones. 

Este comunicador no toma atajos ni esquiva complicaciones, sino que te las muestra de una forma hermosamente simple y elegante. Valóralo; no tomes la simplicidad de su exposición como una banalidad insensata. Es fruto de un arduo trabajo dedicado a ti. 

Recuerda cómo terminó Blaise Pascal la epístola a un amigo: “Y… si he escrito esta carta tan larga, ha sido porque no he tenido tiempo de hacerla más corta”. 

Definitivamente no es simple, la simplicidad.

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