Por favor, no lo hagáis

Para cualquiera que no esté ya pelado de dar conferencias ante un público numeroso, mantener el interés de la audiencia es un reto considerable –aunque también estimulante, debo decir...

En circunstancias normales, ya supone un esfuerzo monumental preparar una buena exposición: elegir bien los contenidos, estructurarlos y ordenarlos, diseñar los apoyos visuales, ensayar la puesta en escena personal… y, si no se tiene costumbre de hacerlo, superar la fase de ansiedad los días previos al acto y los nervios lógicos del día D.

Con toda la carne puesta en el asador, el presentador -consciente de la trascendencia del acto- se empleará a fondo para persuadir y entretener a su ávida clientela; luchará contra la monotonía y contra sus propia inseguridad; querrá mantener la atención e interés de la gente a toda costa. Querrá triunfar.

Pero, en algunos de los últimos eventos a los que he asistido, el ponente ha tenido que luchar también contra un enemigo monstruoso, puesto ahí por los propios organizadores del acto, no se sabe bien por qué espurios motivos: los tweets en directo, proyectados en la pantalla, a espaldas del presentador… Otro foco más de distracción, muchas veces más poderoso que la propia conferencia, que aprovecha los mínimos detalles de la ponencia, buenos y malos, para generar contenidos.

Y es que el ser humano no puede atender a dos cosas –que requieran atención voluntaria- al mismo tiempo (y no, las mujeres tampoco…☺). El biólogo molecular John Medina lo deja bien claro y demostrado en su libro Brain Rules: “Cuando se trata de prestar atención, la ejecución simultánea de varias tareas se convierte en un mito”.

Ojo, poder tuitear es muy bueno: extiende el alcance de la presentación, incluso sacrificando la atención inmediata del público presente, en aras a una difusión masiva que –se entiende- debería beneficiar tanto al orador como al propio evento. Pero proyectar los tuits –da igual si favorables o no- genera un gigantesco foco de distracción para la audiencia que perjudica al orador y, por ende, al acto mismo.

Y lo que es peor: he visto que, si el orador falla, el público se torna cruel, implacable y desconsiderado. Lo he vivido: tuits excesivamente críticos, tuits pretendidamente graciosos que no tienen que ver con la conferencia, sin filtro, sin control…tuits que generan burla y risas que desconciertan al ponente, que observa –cada vez más debilitado- como los ojos de lo que debería ser su público vuelan por encima de su cabeza; ve reacciones cuando él o ella no las ha provocado, y teme volverse para confirmar la realidad de lo que ya sospecha. Y ese círculo vicioso crece hasta morir, de repente, con el fin de la ponencia. Qué tristeza.

Pero esto no ocurre sólo con los más débiles, no. Buenas presentadoras, magníficos ponentes, también han de multiplicar su esfuerzo para vencer a esa pantalla animada y cambiante, que refleja su opinión y su sabiduría en un lugar donde ellos ya cuentan su opinión y sabiduría. Flaco favor les hacen.

¿A qué viene repetir en el mismo lugar lo que ya estamos viendo y oyendo en directo? ¿No os dais cuenta del sinsentido de este mal uso de la tecnología?

Organizadores de actos y eventos: no le hagáis esta faena a vuestros protagonistas. Promoved y usad las redes para difundir la fama y nombre de vuestra creación, pero no dinamitéis el acto desde sus entrañas. Por favor, no lo hagáis.

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