Por favor, no lo hagáis

Para cualquiera que no esté ya pelado de dar conferencias ante un público numeroso, mantener el interés de la audiencia es un reto considerable –aunque también estimulante, debo decir...

En circunstancias normales, ya supone un esfuerzo monumental preparar una buena exposición: elegir bien los contenidos, estructurarlos y ordenarlos, diseñar los apoyos visuales, ensayar la puesta en escena personal… y, si no se tiene costumbre de hacerlo, superar la fase de ansiedad los días previos al acto y los nervios lógicos del día D.

Con toda la carne puesta en el asador, el presentador -consciente de la trascendencia del acto- se empleará a fondo para persuadir y entretener a su ávida clientela; luchará contra la monotonía y contra sus propia inseguridad; querrá mantener la atención e interés de la gente a toda costa. Querrá triunfar.

Pero, en algunos de los últimos eventos a los que he asistido, el ponente ha tenido que luchar también contra un enemigo monstruoso, puesto ahí por los propios organizadores del acto, no se sabe bien por qué espurios motivos: los tweets en directo, proyectados en la pantalla, a espaldas del presentador… Otro foco más de distracción, muchas veces más poderoso que la propia conferencia, que aprovecha los mínimos detalles de la ponencia, buenos y malos, para generar contenidos.

Enseñar pasión

Cuando imparto formación sobre cómo presentar de una forma solvente, no me concentro exclusivamente en entrenar a los profesionales en las técnicas para hacerlo. De hecho, esto sería inútil e irrelevante, no serviría de nada si no los convenciera de la utilidad real de lo que estamos haciendo, de la enorme trascendencia que conlleva el aparentemente simple acto de presentar. 

Entusiasmo es lo que busco en ellos. Sembrar la pasión por el éxito de una exposición brillante; encontrar la satisfacción que da el haber dado un paso más allá de nuestra zona de confort, hasta llegar a ampliarla más y más.

Me gusta desatar esa inyección de adrenalina del “me arriesgué, lo hice y triunfé”. Me mueve el ayudar a dejar atrás ese ámbito de comodidad y buscar nuevas fronteras que cruzar, contagiar las ganas por seguir evolucionando y mejorando en lo que hacemos.

¡Es tan frecuente oír que dicen yo no soy así, cuando la entrega en cuerpo y alma en una presentación nos fuerza a dar lo mejor de nosotros mismos…! Y luego, llegar a la conclusión de que tenían una percepción errónea de sus capacidades, de que realmente sí que pueden ser así…cuando presentan.

Cada persona con su estilo, con su carácter y personalidad, puede llegar a transformarse y transformar a la audiencia, conducir sus creencias, sentimientos y acciones. Si entras en esta formación, hazlo con la fe y las ganas de cambio. Es un esfuerzo sembrado que devuelve con creces la apuesta.

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